No es fácil, pero sí necesario recomendar la lectura del gran clásico de la lengua española, otra vez de cuatricentenario (de la publicación de su segunda parte). Pocos lo leen si no es por obligación académica, y eso a veces gana lectores pero otras también enemigos, lo que es una lástima. Los impedimentos están en un ritmo algo diferente al de la narrativa actual, al que lleva un tiempo acostumbrarse, y un uso del castellano que, por ser en su día muy natural y coloquial, hoy no siempre entendemos por su vocabulario y expresiones. Pero esta no es una dificultad que no vayamos a encontrar en la prosa de muchos escritores de nuestros días, que usan el español de una región o nivel cultural diferente del nuestro, ni tampoco es nada que no pueda resolver una buena edición con notas al pie.

Abordado el Quijote como tiene que hacerse, es decir por amor a la lectura, encontraremos su primer atractivo en sus personajes, a quienes tan bien conocemos ya desde antes de leerlo. A lo largo de las aventuras de Don Quijote, el hidalgo que se cree un caballero andante, y Sancho Panza, el ingenuo labrador que se mete a su escudero, vamos conociéndolos mejor y compenetrándonos con ellos. Se descubren como personajes complejos, que es lo que importa en una buena narración. Ni uno es tan loco ni otro tan bobo: se ríen, se asustan, se enojan, discuten, se apenan… se hacen amigos, en una palabra.

Importa mucho luego –y se ha olvidado muchas veces- el humor. Este no se deriva solo de las insensateces de don Quijote y las situaciones en que esta les compromete, sino también las picardías de Sancho para escabullirse de las obligaciones o de las reprensiones de su amo, o sobre todo los diálogos entre los dos protagonistas, con sus dos maneras de entender la realidad que intentan, si no convencerse, al menos hacerse compatibles.

Todo ello sin menoscabo de la sabiduría que encierra el libro: la visión irónica pero amable de su narrador, indulgente con las debilidades humanas, y las lúcidas reflexiones de sus personajes sobre materias de hondo calado como el amor, la amistad, la libertad, la dignidad humana, la literatura y la ficción, el patriotismo, el poder, la justicia… Y también teniendo muy presente, para quienes gustan del buen arte de narrar, la modernidad de su continuo juego de planos entre la realidad y la ficción: personajes reales que intervienen en la obra, personajes de ficción que leen libros reales… o que se intuyen a sí mismos como ficciones.

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