El jurado seducido. Las pasiones ante la justicia
El jurado seducido. Las pasiones ante la justicia

Porrúa, México, 2015

En Luis de la Barreda se reúnen dos cualidades invaluables para cualquier intelectual: una pluma agilísima y una enorme erudición. Sus textos, siempre amenos, se leen con pasmante facilidad. A lo largo del tiempo así lo han valorado periódicos y revistas, donde el autor ha publicado frecuentemente. En El jurado seducido, que la editorial Porrúa publicó en 2005 y ahora reedita, se incluyen algunos de sus artículos en La Crónica de Hoy, La Razón, A Pie y Este País.

Subtitulado “Las pasiones ante la justicia”, el libro está dividido en cuatro partes: “Casos de amor y desamor”, “Usanzas criminales”, “Moral, intimidad y Derecho” y “Sombras… y un atisbo de luz”. Las cuatro incluyen brevísimos textos vinculados con la justicia penal y los derechos humanos. En todos ellos queda patente lo absurdo de una costumbre, la arbitrariedad de las autoridades al manejar cierto asunto, las contradicciones entre los protagonistas de una historia o la precariedad de muchas leyes.

En la primera parte, el artículo que da nombre al libro trata sobre el juicio que se hizo a María Teresa Landa, primera Señorita México, por asesinar a su marido, en 1929. De ahí salta al caso de Mary Kay Letourneau, la profesora de Seattle que fue a prisión por mantener relaciones sexuales —y engendrar dos hijos— con su alumno de 13 años. Se burla del agente del Ministerio Público y del juez que condenaron a un campesino yucateco por escribir cartas de amor y pone en evidencia lo mismo a los diputados panistas de Aguascalientes, que consideraron un impedimento para contraer matrimonio el haber cometido adulterio, que a los canales de televisión y a los periódicos que acabaron con la reputación de Gloria Trevi a partir de chismes y habladurías sin sustento.

Da igual que De la Barreda salte de un país a otro o de la época más antigua a la contemporánea: sus temas y sus obsesiones son los mismos. La sencillez con que aborda el matrimonio gay o la atracción sexual que puede experimentar un adulto por un joven, alternan con citas de Mann, Faulkner, Zweig y Hemingway.

Hay un ánimo de exhibir el problema ante el lector e, incluso, de convencerlo de lo absurdo e injusto de alguna situación. Para reforzar sus posturas, evoca a Don Quijote, a Copérnico, a Descartes, a Galileo, el Éxodo, el Eclesiástico, a la reina de Saba y al Corán…

Sus lectores nos indignamos ante las tropelías de algunos fundamentalistas del Islam que ordenan violar a una joven, puesto que el hermano salió a tomar un café con una mujer católica, o que se obligue a llevar burka a sus mujeres. Nos agravian las lapidaciones en Nigeria pero, también, el linchamiento de los policías de Tláhuac, donde el gobierno capitalino no quiso ensuciarse las manos enfrentando a una plebe enfurecida.

Lo mismo habría que decir sobre los artículos que integran la tercera parte. Casos sobre aborto, clonación y eutanasia nos ayudan a dimensionar los motivos de sus detractores y, al propio tiempo, nos invitan a la acción. ¿Hasta cuándo vamos a permitir que los intolerantes y fanáticos religiosos, con ánimo justiciero, impongan su trasnochada visión del mundo pretextando la moralidad? Pensemos sólo en el caso de Geisy Arruda, la joven brasileña que fue expulsada de la Universidad Bandeirantes, de São Paulo, por llevar una minifalda.

Con un estilo terso que oscila entre lo periodista y lo literario, De la Barreda proclama su filiación progresista y no se arredra al confesar sus simpatías y antipatías. Arremete contra los ministros de la Suprema Corte, a quienes ha temblado el pulso a la hora de sancionar a los que, con pretexto de la “lucha social”, lesionan, dañan la propiedad y provocan el caos a su paso, lo mismo que contra Marcelo Ebrard, René Bejarano y Andrés Manuel López Obrador. Pone en entredicho la calidad de “rayito de esperanza” de este último, así como su gestión administrativa, inspirada por la “honestidad valiente”. Al final del libro, incluye una apretada síntesis de su actuación como primer presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal.

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